The Sandclock IV
Era una aldea no demasiado grande que miraba al mar; las velas de los pesqueros restallaban con el bramar del viento en invierno, el mercado era grande para tratarse de un pequeño poblado, las campanas del muelle adornaban cada puesto de subastas con su singular repiqueteo. Por aquel entonces, se podía ver a los pilluelos de la aldea corretear por los viejos maderos del muelle, buscar conchas varadas en la arena de la playa, y vaciar sus botas de agua con singular desdén.
Entre todos los chicos de la aldea, uno destacaba particularmente. No por su físico o su intelecto, sino por su don para la pintura. De tanto en tanto ganaba alguna moneda retratando a la gente que estaba de paso en el pueblo; mercaderes, alcaldes, incluso algún capitán de barco, se habían maravillado del talento del joven. Colgaban aquellos lienzos, aquellos instantes efímeros de vida pausada, en las paredes de sus casas, donde se vanagloriaban del bajo precio, de los mimados detalles del cuadro, y de la buena fortuna que habían tenido encontrándose con aquel muchacho.
El día amaneció con el cielo despejado, quizás era uno de los mejores días que hubiera en mucho tiempo, y el chico aprovechó para llevar su caballete a la playa. Allí pintó el paisaje arenoso, la marea cambiante y el sol saliente; y no había acabado aun cuando se vio interrumpido de su labor.
Era un hombre alto y delgado, la tez morena, con barba bien recortada, aseado y de ropajes oscuros; sus ojos parecían cambiar entre tonos dorados y negros. El chico se asustó durante un instante, pero mantuvo la calma. Parecía un hombre del mar del sur, estos raramente abandonan sus áridas tierras por otras más frías, fieles a sus costumbres y recelosos de los extraños, le sorprendió encontrarlo en la playa.
–Quiero un cuadro -dijo el sureño tan rápido como el chico se hubo calmado.
Se puso manos a la obra sin mediar palabra. El extraño era un misterio, parecía cambiar a cada momento, como si el sol jugara con la piel de sus manos y cara, haciéndolo más viejo y rejuveneciéndolo a los pocos minutos; aun así, la quietud del sureño era sobrenatural, no se movía ni un ápice, tan sólo su túnica ondulaba con el viento que arrastraban las olas; sería uno de los retratos más difíciles que hubiera hecho nunca.
Al fin terminó, y la espera mereció la pena, pues entrego al Tez Morena una verdadera obra maestra.
-Eres bueno, chico, te han bendecido con un gran don –dijo el sureño mientras contemplaba la obra con sus ojos cambiantes- No tengo dinero con el que compensarte, pero te daré algo que bien podría decirse no tiene precio –Sacó una bolsa pequeña de tela negra, cuya boca anudaba una cuerda de hilo dorado, y se la ofreció al chico que, en un principio, receló del regalo.
-Hm, gracias, señor, me place que le guste mi trabajo.
-Usa bien lo que hay dentro de la bolsa, y ten buena vida, muchacho –Tras esto, el extraño de ropajes oscuros comenzó a andar en dirección contraria al poblado.
El chico desató el nudo y saco del interior de la bolsa un objeto, volvió a levantar la vista buscando al extraño, pero el sureño había desaparecido y, en su mano, descansaba un pequeño reloj de arena.
Disturbed - Haunted
Malditas traducciones, ¿Es que nadie las hace bien?, ¡UAAAAH!



