The Sandclock IV

jueves 25 de marzo de 2010
The Sandclock IV

Era una aldea no demasiado grande que miraba al mar; las velas de los pesqueros restallaban con el bramar del viento en invierno, el mercado era grande para tratarse de un pequeño poblado, las campanas del muelle adornaban cada puesto de subastas con su singular repiqueteo. Por aquel entonces, se podía ver a los pilluelos de la aldea corretear por los viejos maderos del muelle, buscar conchas varadas en la arena de la playa, y vaciar sus botas de agua con singular desdén.

Entre todos los chicos de la aldea, uno destacaba particularmente. No por su físico o su intelecto, sino por su don para la pintura. De tanto en tanto ganaba alguna moneda retratando a la gente que estaba de paso en el pueblo; mercaderes, alcaldes, incluso algún capitán de barco, se habían maravillado del talento del joven. Colgaban aquellos lienzos, aquellos instantes efímeros de vida pausada, en las paredes de sus casas, donde se vanagloriaban del bajo precio, de los mimados detalles del cuadro, y de la buena fortuna que habían tenido encontrándose con aquel muchacho.


El día amaneció con el cielo despejado, quizás era uno de los mejores días que hubiera en mucho tiempo, y el chico aprovechó para llevar su caballete a la playa. Allí pintó el paisaje arenoso, la marea cambiante y el sol saliente; y no había acabado aun cuando se vio interrumpido de su labor.

Era un hombre alto y delgado, la tez morena, con barba bien recortada, aseado y de ropajes oscuros; sus ojos parecían cambiar entre tonos dorados y negros. El chico se asustó durante un instante, pero mantuvo la calma. Parecía un hombre del mar del sur, estos raramente abandonan sus áridas tierras por otras más frías, fieles a sus costumbres y recelosos de los extraños, le sorprendió encontrarlo en la playa.

–Quiero un cuadro -dijo el sureño tan rápido como el chico se hubo calmado.

Se puso manos a la obra sin mediar palabra. El extraño era un misterio, parecía cambiar a cada momento, como si el sol jugara con la piel de sus manos y cara, haciéndolo más viejo y rejuveneciéndolo a los pocos minutos; aun así, la quietud del sureño era sobrenatural, no se movía ni un ápice, tan sólo su túnica ondulaba con el viento que arrastraban las olas; sería uno de los retratos más difíciles que hubiera hecho nunca.

Al fin terminó, y la espera mereció la pena, pues entrego al Tez Morena una verdadera obra maestra.

-Eres bueno, chico, te han bendecido con un gran don –dijo el sureño mientras contemplaba la obra con sus ojos cambiantes- No tengo dinero con el que compensarte, pero te daré algo que bien podría decirse no tiene precio –Sacó una bolsa pequeña de tela negra, cuya boca anudaba una cuerda de hilo dorado, y se la ofreció al chico que, en un principio, receló del regalo.

-Hm, gracias, señor, me place que le guste mi trabajo.

-Usa bien lo que hay dentro de la bolsa, y ten buena vida, muchacho –Tras esto, el extraño de ropajes oscuros comenzó a andar en dirección contraria al poblado.

El chico desató el nudo y saco del interior de la bolsa un objeto, volvió a levantar la vista buscando al extraño, pero el sureño había desaparecido y, en su mano, descansaba un pequeño reloj de arena.

Disturbed - Haunted



Malditas traducciones, ¿Es que nadie las hace bien?, ¡UAAAAH!

Semáforos

miércoles 3 de marzo de 2010
Pequeño, frágil y dulce. Caminaba tras su dueña aquel cachorro sin suerte, firmemente atado de una correa corta. El semáforo parpadeaba en ámbar, y nuestro coche fue decelerando hasta parar cuando se tornó en rojo. Me fijé en aquel perrito, algo más pequeño que un gato callejero, orejas largas y aterciopeladas, color negro, y en como caminaba lenta y pesadamente, podría decirse con temor, tras la mujer que llevaba su correa. Fueron tan sólo unos treinta segundos; el animalito se quedó inmóvil, el rabo entre sus patitas traseras, incapaz de andar. Ella, por su parte, parecía tener prisa; no se detuvo a calmar a la criatura asustada, ni a tranquilizar su creciente ira; empezó a tirar de la correa, arrastrando al cachorro como si fuera un fardo, un peso muerto. El animal se tumbó, haciendo fuerza hacia el lado contrario cuando los envites de la correa se lo permitían. Ella se giró, la criatura agachó la cabeza y cerró sus ojitos; lo miró con asco y dio un tremendo tirón. El cachorro avanzó casi un metro sin tocar el suelo, aterrizó cerca de su dueña y se ovilló más aún. La mujer paró, se quedó pensando un instante, entrecerró uno de sus ojos al hallar una solución y casi sonrió. Tomó la correa más corta, y subió el brazo por encima de su cabeza sin dejar de agarrar la cuerda. El animalito se levantó en el aire despacio, dejando de tocar el suelo, con sus patas delanteras primero y con las traseras después, inmóvil. Siguió andando, el perro colgaba de su collar en el aire, indefenso. Tras unos segundos soltó la correa y el animal cayó al suelo a su lado, le propinó una patada en el vientre que hizo gemir al cachorro. El semáforo se tornó verde, el coche seguía su curso, yo miraba atónito por el espejo retrovisor, sin dar crédito a lo que había visto.

Pensaba en abrir la puerta, bajar, destrozarla, darle ojo por ojo, hacerle sentir mi rabia, la impotencia creciente que mordía mi alma con aquel espectáculo de horror, hacerle entender que por cosas así renegaría de mi propia especie.

El coche avanzó, y sólo quedó la tortura, reflejada en imágenes turbadoras que me asolarían más tarde.

Sólo quedaron odio y resignación.



Warcry - El regreso