Empiezo a sentirlo.
Recorre todo mi cuerpo con cada latido, al principio despacio, imperceptible, pero cada vez mas claro. Pies, manos y torso se alimentan del aire de mis venas; mi respiración es pausada y tranquila. Por un instante lo noto: máquina, animal y hombre.
Pienso en mí, en los míos, en todo lo que he hecho este año. Y bien puedo decir que no me arrepiento de nada.
Y después…
Me pregunto si el camino que he escogido es el correcto. Ser cocinero algún día... La cocina me encanta, sí, pero siempre acabo pensando que no es lo que quiero para mí.
Siempre he tenido notas mediocres, lo justo para aprobar. Y no porque me cueste estudiar, sino porque me aburría. Aún recuerdo como me miraron en clase cuando nos hicieron el test de cociente intelectual, saqué la puntuación más alta, y resultó que era superdotado: 139 CI, y todos “¡hala...!”, total, que nos lo repitieron, volví a sacar la misma nota, y venga con el “¡hala!” otra vez.
El sistema académico da asco; es como si nos prepararan para trabajar desde el mismo momento en que entramos a párvulos: “Cinco días a la semana, seis horas al día”. Joder, parece un jornal laboral, y encima nos enclaustran en un espacio cerrado súper protegido como si fuésemos animalitos –Bueno, hay cada uno que… en fin.
Pienso en este año, en cómo ha sido y qué ha significado.
Tengo desde hace tiempo, una capacidad abismal para saber lo que está pensando la gente. Este año, por mucho que buscara la decepción en mis compañeros, no la he encontrado.
Creo que el destino me colocó justo ahí para conocerlos, gente con la que se puede estar, que siempre está ahí para ti, sin reproches, personas que me han cambiado, no sólo por haberme hecho abrir hacia ellos, sino por hacerme abrir mi mente al mundo.
Amigos.
Gracias.
R.E.M. - The one I love



